lunes, 22 de enero de 2018

"Hauntology" o la ciencia y el arte de cazar fantasmas

Leyendo algunos ensayos contenidos en "Realismo capitalista" de Mark Fisher (libro del cual estoy preparando un esbozo de crítica) me encontré con un concepto interesante: "hauntology", de difícil traducción mediante una sola palabra, pero que sería algo así como el estudio sobre la forma en la cual un espíritu queda asociado a un objeto, algo así como "embrujología".
El término fue acuñado por Jacques Derrida en "Spectres de Marx", de 1993. A riesgo de sonar ecléctico, admito que últimamente noté que es posible extraer conceptos de autores o escritos con los que coincidimos poco o nada y darles una buena utilidad. ¿No es acaso lo que hizo Marx rescatando la teoría del valor-trabajo, arrancándola de los apologistas pioneros del capitalismo (Smith, Ricardo) y liberando toda su potencia para comprender y transformar la realidad social?
Entre esos conceptos está, entonces, el de "hauntology": al abordar el estudio de un estado determinado de cosas -supongamos, la cultura mainstream contemporánea- nos vemos atrapados en una suerte de regresión infinita que nos arrastra a estadios anteriores. Los teólogos y más recientemente los físicos se enfrentaron a este problema de frente. ¿Su ventaja? El desprecio por las demostraciones racionales en el caso de los primeros y la premisa de leyes inamovibles de la naturaleza en el  de los segundos ponían un tope a la especulación. Por otra parte, resulta absurda la idea de querer retroceder en estados sociales hasta llegar a descifrar la mente del primer ser humano.

Es algo así pero nunca llegás al FIN.

Entonces, los estadios sociales vigentes en cada momento histórico siempre se encuentran embrujados/perseguidos por los anteriores, los que ya parecieran muertos. La resiliencia de la estética soviética (originalmente de fuerte inspiración revolucionaria), incluso en la cultura de masas capitalista contemporánea, debería ser muestra suficiente.

Pero... ¿a qué va todo esto?

Va a algo que tal vez sea obvio, pero que en la práctica no termina de ser abordado y hoy parece más acuciante que nunca: las victorias y derrotas del pasado, en particular las del imponente siglo XX y, más en particular, la Caída del Muro de Berlín, ya forman parte del acervo ideológico no de una generación o dos, sino de toda la humanidad contemporánea Al menos hasta que pasen al status de fantasmas, digamos, prehistóricos, para lo cual debería ocurrir algún suceso particularmente convulsionado capaz de hacerlos retroceder hasta ese lugar. Las generaciones actuales tienen su conciencia esculpida en la idea del eterno presente: los fantasmas que las acosan, paradójicamente, le susurran en el oído que los espíritus no existen, que debemos conformarnos con la mediocridad ambiente que se reproduce en cada rincón del mundo capitalista contemporáneo, con la ilusión de que no hay pasado ni futuro.
Tenemos que entender profundamente el fantasma ideológico que media a las masas del siglo XXI y su entorno social. Extraña tarea nos toca como marxistas ateos, enemigos a muerte de la superstición:
perseguir a los fantasmas de la derrota hasta su guarida, exorcizarlos y darle nuevo cuerpo y carne al espíritu de la emancipación humana.



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