sábado, 3 de marzo de 2018

¿Cómo conciliar el leninismo y el Siglo XXI?


La oleada reaccionaria y anti-partidos surgida de la traición histórica de la burocracia soviética –dejemos atrás el eufemismo de “Caída del Muro de Berlín”, que esconde tras un fenómeno fáctico y de alto impacto visual un proceso político del cual todavía queda mucho por aprender- partió aguas a fines del siglo XX y en los albores del siglo XXI: por una parte, hay sectores que sacaron una experiencia totalmente negativa acerca de las posibilidades de edificar una sociedad distinta desterrando a la actual; por otra, y con mayor o menor grado de pensamiento crítico, aquellos que consideran que los problemas nacieron con el encumbramiento de la camarilla estalinista en el Kremlin. Los primeros (Bonefeld y Tischler, los lectores superficiales de Rosa Luxemburgo, etc.) suelen adjudicar el fracaso del “Socialismo realmente existente” a una enfermedad burocrática que ya anidaba en el bolchevismo desde sus orígenes. Por su parte, los segundos se oponen a esta tesis, lo cual es correcto, pero sacan de allí la conclusión de que en la actualidad la tarea sería copiar al bolchevismo hasta 1917, plantear algunas críticas a las medidas de excepción de 1918 a 1923 (muerte de Lenin) y criticar todo lo posterior a esa fecha. Trataré de demostrar escuetamente que es necesario sostener el centralismo democrático de las organizaciones revolucionarias, pero que cualquier copia mecánica o rebajada que busque disfrazarse de centralista democrática, pero sin hacerlo realmente y hasta el final, es la repetición de la tragedia como farsa: ya no conduciría siquiera a la degeneración burocrática del Estado obrero, sino a dar vueltas en el vacío mientras los capitalistas se sienten más cómodos que nunca para hacer sus negocios bajo el amparo de un sistema que nadie amenaza.

El leninismo como experiencia viva
Un breve párrafo introductorio para refrescar algunas ideas. El leninismo (como forma de organizar y construir una organización socialista revolucionaria) no fue, obviamente, un experimento premeditado de laboratorio, sino un organismo vivo con una cabeza para pensar, manos para hacer y pies para avanzar. Llevando la analogía más allá, quizás incluso resulte más conveniente imaginarlo como una sucesión biológica de individuos en constante evolución, pero aquí nos debemos distanciar de la metáfora, porque la evolución de este género se da en contacto con el entorno social, político, económico y cultural, pero también se vuelve sobre sí misma dirigiéndola: el partido es una combinación de factores objetivos (internos y externos) y subjetivos (también internos y externos).
La fisonomía del Partido Bolchevique puede medirse siempre, entonces, en vinculación con el momento político: medidas extremas de seguridad y reclutamiento en los períodos de reacción, apertura en los momentos revolucionarios y de mayor democracia, combinación de trabajo legal e ilegal en la arena política y la sindical, poniendo en el centro y siempre en la medida de lo posible la democracia interna y la centralización de la acción hacia fuera. En dos palabras: centralismo democrático.
Es conocida la anécdota de Kamenev y Zinoviev publicando detalles sobre la discusión insurreccional en vísperas de la Revolución de Octubre, y también es totalmente sugerente que ninguno de los dos haya siquiera sido expulsado del Partido Bolchevique. Es cierto: se vivían momentos críticos y el episodio fue rápidamente superado por la efectiva conquista del poder por los soviets, y es contrafáctico pensar qué medidas disciplinarias se hubieran aplicado en cualquier otra situación. Pero esto en sí mismo ya nos habla de la audacia de Lenin y los revolucionaros de 1917 para sopesar los problemas y no empantanarse con sucesos que, a la sazón, terminaron siendo anecdóticos.
Esta sola lección metodológica ya es un verdadero punto de la discusión: en los lamentablemente pocos lugares en el mundo donde existen organizaciones que se consideran herederas del legado de Marx, Engels, Lenin, Trotsky y Rosa Luxemburgo, uno de los aspectos cruciales como el mecanismo a la hora de organizar las fuerzas está totalmente escindido de la “vida real” del partido. En el mejor de los casos, existen algunas compañeras y algunos compañeros que deciden todo o, como mínimo, tienen poder de veto sobre los órganos subordinados. Y todo ello… ¡en momentos que no se caracterizan por la contrarrevolución o la reacción con consecuencias físicas directas sobre el conjunto del partido, sino más bien por una época de poquísimos choques con el aparato represivo del Estado!

Es la mejor metáfora que pude encontrar. Por algún motivo, no hay imágenes de Lenin mandando mensajes de WhatsApp.


Un síntoma: “el leninismo, los leninismos”
Para tratar de hacer un análisis lo más objetivo posible, y que no se pare únicamente en el aspecto de las mezquindades políticas, voy a tratar de analizar un fenómeno visible: la fragmentación de la izquierda. Pero, a su vez, intentaré escapar de una crítica ética y abstracta, del estilo de que “la unidad sería lo necesario porque sí”, sino de analizar cómo esto en verdad es una traba para el desarrollo de la conciencia de las masas e incluso, en última instancia, para el crecimiento de la propia izquierda en el sentido de sumar fuerzas para llevar adelante la revolución social.
En la actualidad cualquier militante de izquierda, ante la pregunta por sus objetivos, contestaría más o menos con estas palabras, que comparto: el derrocamiento del poder burgués y la instauración del poder obrero. Hilando más fino, esto iría acompañado de una serie de medidas concretas inmediatas: la nacionalización del comercio exterior y de la banca, la expropiación de las ramas estratégicas de la producción, la prohibición de emplear mano de obra asalariada por parte de particulares, el otorgamiento de derechos políticos al conjunto de las clases oprimidas así como los derechos a las mujeres, etc. Sin embargo, esto se constituye como un fin abstracto, en lugar de ser el fin práctico concreto (que no es sinónimo de fin inmediato, por supuesto, porque metas tan ambiciosas no pueden depender únicamente de la voluntad de un sector). Y el fin práctico concreto es ocupado por lo que en realidad debería ser un medio, muy importante pero medio al fin, para realizar aquel primer objetivo: la construcción de una organización política en particular.
Quiero dejar en claro que no me opongo a que exista una multiplicidad de expresiones revolucionarias. En buena medida, el papel preponderante de la democracia revolucionaria es lo que diferencia al trotskismo del estalinismo. Sin embargo, dicha variedad tiene que reflejar causas reales, no meros caprichos. Volviendo a Lenin, es muy conocido que en más de una ocasión llevó adelante la división de la entonces llamada Socialdemocracia rusa, pero también corresponde reconocer que siempre dio sus máximos esfuerzos para que esto fuera episódico porque entendía que el objetivo final era la acumulación de fuerzas para derrotar al Capital y al gobierno autocrático. Siempre las rupturas estuvieron relacionadas con sostener la identidad combativa y de clase, sin compromisos con la burguesía, y nunca con apreciaciones menores sobre una u otra cuestión.
La miríada de organizaciones revolucionarias que existen en la actualidad parece ir en el sentido opuesto. En definitiva, se trata de discusiones (generalmente tácticas) válidas pero cuyo verdadero lugar de resolución sería la democracia interna de un partido, donde pueden expresarse las diferencias, y no una serie de pequeñas mónadas, dentro de las cuales exista un consenso casi absoluto pero ninguna síntesis de discusión colectiva entre camaradas revolucionarios.
A fin de cuentas estas divisiones, autojustificadas en todos los casos bajo la premisa de que la propia organización es más adecuada o tiene más razón para generar una conciencia revolucionaria, terminan funcionando en el sentido inverso de dos maneras. En primer lugar, y más obvio, porque restan credibilidad a los ojos de os sectores con una sensibilidad de izquierda pero con cierta desconfianza hacia la militancia orgánica. Y, por otro, porque la necesidad de cristalizar con algún parámetro objetivo, de alguna manera, la superioridad de la propia organización sobre las demás termina conduciendo a una adaptación y a un rebajamiento de la política revolucionaria.
Por poner dos ejemplos, siempre esto último implica nadar contra la corriente. En el terreno electoral (sea sindical o político-electoral), esto se mide en votos, y los votos en momentos no revolucionarios como los que vivimos actualmente se obtienen con consignas sindicales y, sobre todo, marketing político. Así es que terminamos viendo cómo las campañas electorales que deberían agitar consignas revolucionarias y dar los mayores esfuerzos para que prendan en sectores de masas terminan siendo una medida de la extensión de la sonrisa de los candidatos, discusiones totalmente inconducentes en las redes sociales, consignas prácticamente idénticas y en general bastante edulcoradas para tres o cuatro listas distintas, etc. En estas condiciones, la división infundada en una serie de organizaciones no contribuye al avance de la izquierda revolucionaria, sino todo lo contrario.
En el mismo sentido, es lo que usualmente lleva a que los organismos de democracia obrera se degeneren hasta el punto de ser meras colecciones de maniobras, donde lo político ocupa un lugar de reparto y el resultado de la discusión termina dependiendo de factores totalmente externos a la misma. Que me disculpen quienes se justificarían diciendo que esas son las reglas del juego, nos guste o no nos guste, porque ser revolucionario también implica no adaptarse a las reglas planteadas en terrenos como las asambleas o donde sea que se debería expresar una discusión colectiva sana.

¿Y si ponemos cada cabeza en su lugar?

Algunas conclusiones preliminares
No quiero que la conclusión a esta primera parte sea un lugar común, del estilo de que todos los problemas estarían resueltos automáticamente si se diera la unidad de la izquierda. Como creo haber dejado claro, en todo caso esto es un síntoma de una enfermedad mayor: el desfasaje que hay entre las ideas leninistas, que es necesario retomar así sea por el simple hecho empírico de que parecen haber sido las únicas que tuvieron éxito durante la época histórica que conlleva la lucha contra el capitalismo, y el dato objetivo de que vivimos en una época en la cual esta lucha adquiere formas totalmente nuevas y que ya no podrán ser las mismas de hace un siglo. Esto también se expresa si consideramos cada organización revolucionaria aisladamente, aunque me resulte más conveniente haber comenzado analizando algunos aspectos de las relaciones recíprocas entre las mismas porque esto también impacta sobre la vida interna de los partidos.
Termino insistiendo una y mil veces en un punto: las organizaciones políticas socialistas revolucionarias son absolutamente imprescindibles para pensar y realizar la toma del poder político por parte de la clase obrera. Pero afirmarlo no alcanza para construirlas: tenemos que ser consecuentes en todo momento y, más que nunca, leninistas. Pero leninistas en serio.

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